No he vuelto

Buenas a todos… De nuevo.
Hace más de un año que no escribo aquí, lo sé, y no espero que volváis a leerme después de tanto tiempo. Me gustaría decir que no escribo esto para justificarme, dar explicaciones ni pedir perdón por mi ausencia. Escribo para expresaros algo que me apetece contaros. No se trata de una promesa: que escriba este texto no significa que vaya a retomar el blog con la asiduidad con la que lo hacía antes. No se trata de eso. Aunque sí tiene que ver con porqué lo dejé de lado.

Lo dejé porque en cierto momento empecé a valorar más mi intimidad que la vanidad que me puede proporcionar un “Me gusta”. Porque en un congreso sobre Infoxicación aprendí un poco acerca de cómo funcionan las redes sociales y, en cierto sentido, sentí la necesidad de escapar, de sentirme libre de ellas.
Y, sobretodo, porque hace mucho que sé que un escritor siempre dice más de sí mismo en sus escritos de lo que desea, y yo necesitaba dejar de hablar de mí más de lo que podía controlar, al menos, hasta conocerme un poco mejor.
Así pues, poco a poco, dejé de escribir aquí, en Twitter, en Facebook (aunque nunca escribí demasiado en Facebook)… Y poco a poco, dejé también de leer en estas redes, y en cualquier otra. ¿Por qué? Porque me aburren. Porque siempre es lo mismo: porque no me importan los detalles de las vidas de nadie (que es lo único que publican muchos) y porque aquellos que pretenden ser originales no hacen sino repetir una y otra vez los mismos patrones en busca de unas migajas de reconocimiento social.

Ante esto, decidí desintoxicarme un poco, y dedicarme a vivir. El resultado: este último año ha sido un año de crecimiento. Crecimiento significa movimiento, y movimiento significa cambio. Es decir, la que os escribe hoy no es la misma que os escribió hace un año, aunque use el mismo cuerpo, el mismo nombre en el DNI, etc… Pero eso ya lo sabéis. El tiempo no pasa en balde para nadie.
He dejado de hacer ciertas cosas y comenzado a hacer otras. Los adjetivos que antes me describían ya no me sirven, pero oye: es lo que hay. Nada es eterno, ni siquiera por el breve espacio de tiempo que ocupa una vida.
¿Cuáles son esos cambios? No es este el momento ni el medio para enumerarlos. Dejémoslo en que estoy satisfecha con ellos aunque a veces sienta nostalgia de otros tiempos. Pero, ¿quién está a salvo de eso? 😉

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Piano

Camino errante en este mundo oscuro y vacío
Incapaz de encontarle a las cosas un sentido,
un porqué…
Pregunta inequívocamente equivocada,
carente de eso mismo que pretende buscar,
que pretende tener…

Mas un piano…

De pronto, aparece ante mi vista,
para dar orden a las cosas,
algo por lo que luchar, por lo que daría la vida,
así, sin más.
Algo que puedo amar,
y que, de hecho, amo,
y, aún sin saberlo,
ahora que lo pienso,
siempre he amado.

Y un piano…

¿Qué es ese algo a quien entrego mi amor,
mi incondicional devoción
y mi alma,
por quien sufro si me falta,
quien me conmueve si la veo sufrir,
a quien sirvo ciegamente,
como antes dije,
desde siempre,
aún cuando pensaba que era ella
quien me servía a mí?

Piano…

La amo.
Lo diré sin vergüenza,
cumpliré al fin mi promesa:
Te amo sólo a ti,
Belleza.
Siento haber sido tan torpe
y no haberme dado cuenta
de que tuya siempre fui.

Notas de piano…

¿Poeta?
Sólo un título insolente
con el que llama la gente
a quien elegiste a bien
para liberar tu ser,
para darte metro y forma,
para ponerte en la boca
y en los labios de quien es como tú.
No soy poeta.
Soy sólo sacerdotisa
que pone en papel, sin prisas,
lo que me dictas en sueños,
nada más.

Piano.

Ven junto a mí, te espero,
mi pluma siente el anhelo
de cumplir con tu mandato,
refugiarse en tu regazo
y trabajar.

No sabes cuánto sufrí
al ver romperse el piano.
Justo entonces comprendí
que eres lo único que amo.
Por eso, Belleza,
no te quedes conmigo,
quédate a mi lado.

Aunque sea en forma de notas de piano.

De pathos a pasión

Como todo el mundo sabe, la palabra pasión proviene del griego pathos, pero ¿qué significa realmente? Profundicemos en su etimología para tratar de aclarar un poco la cuestión.

Si buscamos en el diccionario, la palabra pathos nos remite, por un lado a pasjo (verbo), y por otro a pathema (sustantivo). Ambas palabras comparten raíz, así que nos quedaremos con el sustantivo, que nos permitirá acercarnos un poco más al significado de pasión.

Así, encontramos que pathema significa “todo lo que uno experimenta o siente”, “castigo, sufrimiento, desgracia…”, “estado del alma, disposición moral”, y por supuesto “la Pasión” cuando la encontramos en el Nuevo Testamento.

En definitiva, pathos viene a significar “lo que se padece”, aunque esto no es lo hoy día entendemos por pasión. No obstante, este sentido nos permite entender de forma precisa por qué el evangelio de San Lucas (el único escrito en griego) usa esta palabra y no cualquier otra que implique sufrimiento.

Otro matiz que tienen en común los distintos significados es que “nadie controla lo que padece”, lo cual se ve muy bien en las desgracias (puesto que nadie atraería sobre sí una desgracia si tuviera poder para hacerlo), sin embargo, no se ve tan claro cuando se “padece” algo positivo o agradable, aunque sólo sea porque cuando esto ocurre no nos paramos a preguntárnoslo. A poco que indaguemos encontramos que nadie puede elegir de quién se enamora, en quien confía o hacia quién siente simpatía. A veces, leemos u oímos que alguien se entrega con una “pasión desenfrenada”, lo cual, después de lo visto, no es más que un epíteto, pues toda pasión implica de algún modo, desenfreno.

Del mismo modo, la inspiración del artista no le llega cuando este quiere, sino que viene de improviso, y al contemplar una obra de arte, nos conmovemos, porque es algo que nos sobrepasa, que de algún modo, entra en nosotros, y nos inspira pasión, una pasión, que sin duda alguna, estamos lejos de controlar.

Los finales

Cuando empiezas una relación, nunca piensas en cómo puede terminar. Quizás, porque si lo hiciésemos no empezaríamos, o incluso podríamos decir que ni deberíamos.

Pero queramos o no, lo pensemos o no, los finales llegan, y por norma general, del modo en que menos podíamos imaginar. Cuando empezamos una relación, sea del tipo que sea, tendemos, con el tiempo, a confiar en “el otro”, sea éste un individuo o un colectivo, incluso a quererlo.

De entre los finales posibles, el considerado más triste es el de la distancia. Distancia emocional más que espacial, pues la distancia espacial siempre puede saltarse de un modo u otro, especialmente con las tecnologías con las que contamos hoy en día. Pero, no obstante su fama, este final quizás sea lo mejor que nos puede pasar. Después de todo, es un final con puntos suspensivos, que siempre puede romperse con un “¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?”.

Luego están los finales que la gente llama “buenos”, en los que el final llega por las circunstancias y no por voluntad de las partes, de forma que éstas no acaban “a las malas”. Pero precisamente por eso, estos finales no parecen finales. Es como si la puerta quedase abierta, por si las mismas circunstancias que los separan volvieran a unirlos de nuevo. Más que un “FIN” parece un “¡Hasta luego!” o un “Continuará…”, aunque a veces parezca improbable.

Y finalmente (esta palabra no es casual), están los finales de verdad, esos en los que sabes que, una vez que salgas por esa puerta, no vas a volver a cruzarla. Y estos finales… Estos finales sí que duelen. Siempre duelen. A veces en nuestro afecto, a veces en nuestro orgullo, pero siempre, siempre duelen de un modo en otro, aunque no queramos reconocerlo. Son esos “No, joder, no me importa, pero me da coraje.” O esos “Ojalá hubiese terminado de otro modo”. Incluso los “Te juro que no esperaba esa manera de ser”.

Sea como fuere, todos los finales, los finales de verdad, duelen. De lo contrario, o no son finales, o nunca empezaron. Porque un final supone arrancar de ti algo que un día formó parte de tu vida, por eso que hablábamos antes de la confianza, entre otras cosas. Pero el hecho de que duelan, no implica que sean algo malo. Los finales son necesarios para continuar, y el dolor para valorar lo que venga después.

Gracias por ser como eres

Este poema está dedicado a una persona muy especial y lo sabe.

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Gracias por ser como eres

Por no rendirte,
por luchar hasta el final,
por enfrentarte a quien haga falta
por defender a los tuyos
por esforzarte sin más interés
que asegurarte de que tu gente
tiene lo que se merece,
o incluso más.
Dicen que lo que haces tú
lo puede hacer cualquiera
pero cualquiera sabe
que cualquiera no lo hace,
porque no todos están preparados
para entregarse por los demás,
porque no todos están dispuestos
a gastar tiempo, dinero y esfuerzo
a cambio de una noche de ajena felicidad
porque no todos son como tú,
porque como tú no hay nadie…
¡Gracias por ser como eres!

Gracias por formar parte de mi vida
y dejarme estar en la tuya.
Gracias por hacerme reír
aprender, sufrir,
crecer, sentir…
Gracias por el tiempo compartido
por las miradas cómplices,
y las noches de sueño robado.
Gracias por esos abrazos
con los que reconstruyes mi alma
que de vez en cuando se destroza.
Gracias por los secretos,
los sentimientos,
los pensamientos,
las verdades…
Gracias por permitirme
ser testigo de tu historia,
o de parte de ella.
Gracias por estar ahí.
Porque desde que te conozco
 soy más fuerte y
mejor persona.

No hay palabras suficientes
que puedan agradecerte
todo lo (incontable) que me has dado,
sea queriendo o sin querer.
Pero como esto que siento
no se mantiene en silencio
y habla por mí como quiere
tan sólo hay un modo honesto:

¡Gracias por ser como eres!

La injusticia en el fútbol

Hay una frase que me llama mucho la atención y me sorprende cada vez que la escucho. La frase viene a ser “Hoy el fútbol ha sido injusto con nosotros”, o cualquier otra variante que venga a sugerir lo mismo. La verdad es que un más que sorprenderme me molesta, tanto más cuanto más cerca de mi entorno la escucho. Me molesta porque denota una actitud victimista. Viene a decir algo así como “Nosotros hemos jugado bien, hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano (o en nuestras botas), y hemos merecido ganar.” Esta última parte de la frase, que denota una cierta prepotencia y que a veces está más motivada por razones subjetivas que objetivas, es la que más me molesta. Me molesta porque cae en el engaño tan común en nuestros días de que el destino, o la vida, o el fútbol en este caso (el nombre que le pongamos es lo de menos) ha de darnos justamente lo que merecemos.

Porque sí, es un engaño. Es algo en lo que nos gusta creer para motivarnos a la hora de trabajar, especialmente cuando este trabajo se vuelve tedioso. Es entonces cuando nos repetimos que todo trabajo tiene su recompensa, cuando lo que realmente queremos decir es que no hay recompensa sin trabajo. La vida nos enseña esta diferencia continuamente, a veces de forma dolorosa. El fútbol, o cualquier deporte de competición, da buena muestra de ello.

Lo diré más claro: no, el fútbol no es injusto, al menos no más injusto que la vida. Para empezar, porque ni el fútbol ni la vida son voluntades que puedan decidir lo que va a ocurrirle a una persona o a un equipo. Injustas pueden ser las personas: injusto puede ser un árbitro perjudicando a un equipo con sus decisiones, o un jefe que despida a un buen trabajador para meter a su sobrino en su lugar, un tendero que infla a precio de sus productos sin mejorar su calidad…

La vida y el fútbol son ámbitos en los que intervienen una gran cantidad de factores, demasiados como para que una sola persona, o grupo de personas, pueda controlarlos. Y como no podemos poner nombre a la causa del desajuste que supone no recibir el premio que creemos merecer, decimos que la vida y el fútbol son injustos con nosotros.

A veces lo decimos “analizando” el partido: contamos las ocasiones de gol, calculamos el porcentaje de posesión, etc. Pero hacerlo, olvidamos tener en cuenta factores como la efectividad, o la solidez defensiva. Un partido de futbol no lo gana el mejor: lo gana el que más goles marca. Y para ello cada equipo recurre a sus propios recursos, que no siempre son el juego vistoso o bonito, ni limpio, dentro de lo que las reglas del juego permiten. A veces, cuando un equipo es consciente de la superioridad técnica del rival, tiene que recurrir a estrategias más centradas en anular el potencial del rival que en destacar las virtudes propias. A lo que voy: no ganar el mejor, sino el que mejor usa sus recursos.

Otras veces lo decimos que ni siquiera atender al partido: hablando únicamente de las horas de trabajo realizadas, como si el otro equipo no trabajara, como si no entrenaran, como si su entrenador no tuviese la capacidad de leer las características del partido y dar las órdenes precisas. Esta es la parte prepotente de la frase, la que se olvida de que el otro equipo está formado por personas que luchan por lo mismo que nosotros, a priori, en igualdad de condiciones.

“Nosotros hemos jugado bien, hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano, y hemos merecido ganar.”
A esta frase le falta un “pero…”, uno que justifique por qué no se ha ganado, uno que analice los factores de los que hemos hablado antes, los recursos que ha empleado del otro equipo y cómo contrarrestarlos, y nuestros propios recursos y por qué no han funcionado. Pero cuando decimos que el fútbol ha sido injusto con nosotros estamos diciendo justamente esa frase, incluido su punto final. Estamos echando la culpa de nuestro fracaso a algo ajeno a nosotros (lo que yo denomino “buscar excusas”), y demostrando una completa falta de autocrítica. En resumen, no estamos haciendo nuestro trabajo.

Dicho esto, lo único que espero no volver a escuchar esa frase cerca de mi entorno deportivo.

Gracias por vuestra atención.

La casa del terror

Por fin había llegado el día en el que se inauguraba el nuevo parque de atracciones, Juan y el resto de su clase y van a ir para celebrar que terminaban las clases. Todos estaban muy entusiasmados y desde hacía una semana venían planeando en que atracción se montarían y cómo pasarían el día.

Al llegar allí, todos se agruparon espontáneamente, y cada grupo se fue a probar una atracción distinta, aunque habían quedado todos para probar una atracción especial: la casa del terror.

Juan, Carlos, Felipe y el resto del grupo fueron de atracción en atracción hasta la hora de comer. En uno de los muchos puestos de comida del parque estaba el grupo de las chicas, entre ellas Laura, y Juan estaba loquito por ella, así que comieron allí. Durante la comida, Juan no le quitó el ojo de encima a Laura, mientras ella lo miraba de reojo. Al terminar de comer, las chicas se fueron y los amigos de Juan se burlaron de él por esa sonrisa de bobo que se le había quedado.

–        ¡Basta ya, chicos! Bueno, ¿qué hacemos? – cortó Juan.

–        ¿Por qué no vamos con las chicas y así…? – bromeó Felipe haciendo gestos exagerados.

–        ¡Olvídate de eso! Vamos a pasarlo bien. – ánimo Carlos.  – Vamos a la montaña rusa.

Todos lo secundaron y Juan le dio las gracias en voz baja. Cuando aún faltaba media hora para ir a la casa del terror, Juan para comprar una helado, pero el tendero tardó en atenderle y cuando se vino a dar cuenta, sus amigos habían desaparecido. Sin embargo, aunque no vio Carlos de Felipe, sí vio a Chema, que jugaban con él fútbol.

–        Oye, Chema, no encuentro a Carlos y al resto. ¿Puedo…?

–        ¡Por supuesto! ¡Mientras más seamos mejor! Y además, están aquí las chicas.

Juan sonrió y buscó la cara de Laura entre la gente, pero al hallarla su sonrisa se borró su boca. Laura estaba hablando con Rafa, y aunque a Juan no le gustaba tener problemas, y mucho menos enemigos, a Rafa no lo quería precisamente como un hermano. Laura lo vio y le sonrió. Él por su parte trato de sonreír, pero la sonrisa no le quedó muy natural. Laura siguió hablando con Rafa y Juan empezó a mirar a todas partes tratando de distraerse.

–        Es mi primo. – le susurró una voz familiar en su oído.

Era Laura sonriendo como siempre. Juan sonrió, se sonrojó y se rió con ganas de sí mismo y del enorme ridículo que acababa de hacer. El grupo echó a andar y Juan no podía contener su mirada ni tampoco sus pasos, que iban tras de Laura.

Y así, charlando y riendo, llegó la hora de entrar en la casa del terror. Se dirigieron a la entrada de la tracción. Cuando llegaron, ya estaba allí casi todo el mundo. Sólo faltaban por llegar Carlos, Felipe y los demás amigos de Juan.

Después de cinco minutos, Rafa se cansó de esperar y comenzó quejarse. La mayoría lo apoyó.

–        No sé qué les habrá pasado. Seguro que están a punto de llegar.

–        Sí, o han entrado antes y nosotros estamos esperando aquí como idiotas. – opinó Rafa.

–        Sí, eso. – murmuraron algunos.

–        Yo creo en Juan. – intervino de repente Chema.

–        Sí, yo también creo en Juan, pero no por eso sabemos cuánto van a tardar sus amigos. – volvió a quejarse Rafa. – Yo no espero más.

Y con esto, Rafa entró la casa del terror seguido por la mayoría.

–        ¡Vamos! – dijo Chema.

–        No. Yo me quedo. Que luego me llaman traidor. – respondió Juan.

–        Lo siento. – murmuró antes de entrar.

–        ¿Quieres que espere contigo? – se ofreció Laura.

Carlos sonrió, pero la respuesta fue una negación.

–        No te pierdas la diversión por culpa de los cafres de mis amigos.

–        Cuando salga no volveré aquí a esperar contigo.  – prometió ella.

Laura lo beso en la mejilla y entró. Juan estaba solo acariciándose la mejilla cuando alguien le habló desde atrás:

–        ¿Por qué no entras?

Era un tipo muy alto y delgado, que vestía una camisa rosa bajo su chaqueta a rayas verticales negras y blancas a juego con su pantalón y su sombrero de copa. Estaba muy pálido y tenía grandes ojeras, y la verdad era que hasta el momento Juan había creído que se trataba de un muñeco.

–        Estoy esperando a unos amigos. – balbuceó tras reponerse del susto.

–        Pero todos tus amigos han entrado ya.

–        No todos. – respondió Juan.

–        Pero si el chico de antes tiene razón y ya han entrado…

–        Vendrán. Incluso se han entrado antes, vendrán. – afirmó convencido.

–        Lo dudo. – Murmuró en voz baja al extraño personaje.

Juan estaba empezando a inquietarse, pero se sentó cerca de allí. Al cabo de un tiempo, empezó a preguntarse si Laura iba a cumplir su promesa. Volvió a acercarse al individuo del traje de rayas.

–        ¿Cuánto dura la atracción?

–        Tanto tiempo como la gente quiera. – Respondió el hombre sin mirarle.

–        Pero ya han pasado diez minutos.

–        Puede que se lo estén pasando muy bien. Es una atracción muy divertida, ¿sabes? – Ahora sí lo miró, haciéndole retroceder un par de pasos. – ¿Por qué no entras y lo pruebas? ¡Es para morirse!

–        Ya te he dicho que estoy esperando a mis amigos.

–        Si quieres esperar como un bobo…

–        Además, no voy a entrar solo. – replicó empezando a dudar de sus amigos.

–        ¿Por qué no?

–        Porque si no, no es divertido.

–        Yo creía que los parques de atracciones siempre eran divertidos.

–        No. Si uno está solo, no.

–        ¿Por qué no? – volvió a preguntar la inquietante figura.

–        Porque uno necesita estar con gente con la que reírse.

–        Y de la que reírse. – completó.

–        ¡No! Sólo con quien reírse.

Durante un par de minutos se produjo un silencio incómodo.

–        ¿Y qué hay dentro para que sea tan divertido? – preguntó Juan rompiendo el silencio.

–        Si lo sabes antes de entrar, ya no tiene gracia. Quizás por eso tus amigos no hayan venido “otra vez”.

–        Puedes decírmelo entonces, porque no voy a entrar.

–        ¿Por qué no? – Repitió de nuevo.

–        Porque no voy a entrar solo, ya te lo he dicho. A no ser…

–        A no ser, ¿qué? – preguntó muy interesado el portero de la atracción.

–        A no ser que me dijeras qué es tan divertido y así, yo quisiera probarlo.

–        ¡Buen intento! Pero no lo suficiente.

Juan casi empezaba a divertirse con eso, pero aun así le inquietaba que Laura no hubiera vuelto aún.

–        ¡¡¡Y YO ME PREGUNTO POR QUÉ NO HAS ENTRADO TODAVÍA ‼! – gritó de repente el hombre haciendo que se le cayera el sombrero, el cual recogió inmediatamente.

–        Yo no dicho nada. – Dijo Juan casi asustado.

–        Por supuesto que has dicho. Has dicho: “Me preguntó por qué tendrá tanto empeño en que entre sin decirme antes qué hay dentro.” – replicó el hombre visiblemente nervioso.

–        No. Yo no he dicho eso, sólo lo he pensado. – negó Juan, que ahora estaba realmente asustado.

El hombre se puso aún más nervioso.

–        ¿Sabes? Hay mucha gente mirando, y no me gusta que me miren. – dijo Juan dando un par de pasos hacia atrás. – Así que será mejor que me vaya.

–        ¡Tú de aquí no te mueves! – dijo muy serio el hombre de armando fuertemente su brazo.

–        ¡Suéltame! – trató de forcejear Juan.

–        ¡Hey, Juan! ¿Dónde te habías metido? – gritó una voz.

Eran Carlos y el resto. El hombre soltó el brazo de Juan, y éste corrió decirle a sus amigos que no quería entrar allí.

–        ¿Dónde están los demás?

Entre todos lo agarraron y lo metieron en la casa del terror mientras él gritaba y el maniquí de la puerta sonreía.

Nunca más se volvió a ver a Juan, ni a Carlos, ni a Laura, ni a ninguno de los que entraron en la casa del terror alguna vez. Por suerte para los habitantes de la ciudad y los turistas, la policía cerró el parque de atracciones tras descubrir que era el único punto en común de los numerosos desaparecidos, aunque en realidad no pudieron concretar el lugar exacto porque tampoco encontraron nunca ningún cuerpo.

Credo de los descreídos

No creo en fuerzas divinas.
Creo en el azar,
y en la unilateralidad del tiempo.
Creo en las consecuencias de mis actos,
y en la imposibilidad de volver atrás.
No creo en un pasado que no tengo:
Los recuerdos sólo son reales si los rememoro.
No creo en un futuro que no tengo:
Los proyectos sólo se realizan si los llevo a cabo.
Creo en mis defectos,
y creo en mis virtudes.
Creo en la posibilidad de fallar,
y creo que esa no es razón para rendirse.
Creo en mis posibilidades.
Creo en mis proyectos,
creo aunque no deba creer,
porque sólo seré capaz de realizarlos si creo en ellos.
Creo en mi talento,
creo por los que creen en mí,
y me animan a creer;
y creo por los que no creen,
pues me obligan a creer para seguir adelante.
Creo en mí.
Creo en mi felicidad,
y en que soy la única capaz de conseguirla o destruirla.
Creo en lo que quiero creer.
Creo porque quiero creer.

¡Árbitro, cabrón!

¿Quién no ha escuchado alguna vez esta expresión, de lo más común en partidos de fútbol? Supongo que será común en cualquier deporte en que esta figura sea necesaria, especialmente en aquellos de equipo y de contacto, pero prefiero hablar de fútbol, no porque sea lo más común, sino porque es lo que conozco. Que cada cual extrapole lo que se va a decir aquí al deporte que crea conveniente según sus conocimientos.

Por suerte, es una expresión que cada vez escucho menos. Quizás porque el fútbol y deporte en general se ven cada vez menos como competición y más como escuela de valores. Esto se ve incluso en el ámbito profesional, donde se mira con lupa cada movimiento de los futbolistas estrella, que deben asegurarse de ser una influencia “positiva” en los niños que los admiran. O quizás sea porque hace varios años que me muevo por círculos educados cívica y deportivamente en los que se tiene claro que insultar al árbitro no es sólo estúpido y, a veces, contraproducente, sino que además desvía la atención del juego, que es el auténtico protagonista del deporte.

Pero pongámonos en la piel de esos aficionados que no viven el deporte desde dentro, que no saben lo que es tener una disciplina deportiva y que saben que no habrá sanción para ellos por muchas burradas que digan.

Aclaremos algo. La tarea del árbitro está lejos de ser exacta. De hecho, consiste en interpretar en más ocasiones de las que el propio árbitro desearía. No se trata sólo de comprobar si procedimiento se lleva a cabo como está estipulado, sino que además, debe medir elementos como la fuerza, la intencionalidad… Todo esto sin contar con que es un ser falible que en un momento dado está en una posición determinada donde su percepción es completamente distinta a la nuestra. Más allá de eso, el árbitro es una persona que ha estudiado el reglamento y que tiene la responsabilidad de hacerlo cumplir bajo un compromiso de imparcialidad.

En cambio, el aficionado no tiene esa responsabilidad, ni ese compromiso. Ni que decir tiene que bien pocos se habrán molestado en echar una ojeada al reglamento. Es más, el reglamento importa poco siempre que no perjudique a nuestro equipo. Si el árbitro se equivoca favoreciendo al equipo que apoyamos, no sólo no insultaremos al árbitro, sino que le aplaudiremos incluso. Pero si es al revés…

Si es al revés, nos sentimos con el derecho de insultar a alguien que puede que no haya visto lo mismo que nosotros, o que, viéndolo, tome una determinación distinta a la que tomaríamos nosotros, sólo porque ese alguien ha estudiado el reglamento y nosotros no, porque ese alguien no tiene preferencias con respecto a quien gane el partido y nosotros sí, y porque ese alguien tiene que mantener la cabeza fría mientras que nosotros vamos al partido a desatar toda nuestra pasión, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

Claro que nadie se va a acordar de este razonamiento cuando se encuentre en esa situación, porque cuando la pasión nos invade, no deja lugar para la razón.